Marie-Astrid Dupret : La Servidumbre voluntaria del sujeto posmoderno

Este siglo XXI, caracterizado por la revolución numérica, no acaba de encontrarse a sí mismo; todo se mueve con una velocidad vertiginosa y falta un tiempo suficiente para una reflexión con la que sea posible argumentar teóricamente, explicar estas cambiantes realidades y evaluar sus efectos. El desarrollo fulminante de las nuevas tecnologías deja pensar que límites, en apariencia infranqueables hasta hace poco, podrán cruzarse; es así que las investigaciones en el campo de la llamada ‘inteligencia artificial’ deslumbran con perspectivas asombrosas para una transhumanidad, o sea, una sociedad no centrada en torno al ser humano sino en máquinas. Al mismo tiempo, se perfilan profundos problemas en la sociedad, cuyo punto álgido es la desposesión del individuo de su vida subjetiva y un estatuto que se reduce, paulatinamente, a la calidad de cifra y mero objeto contable. Ya en el seminario de la Ética, Lacan comentaba la sensación de fin del ‘tema humanista’: “El hombre está descomponiéndose, como por efecto de un análisis espectral […] caminando sobre la juntura entre lo imaginario y lo simbólico” (8/6/1960).

Hablar de la política desde el psicoanálisis, resulta complejo por sus facetas múltiples. Sin embargo, la escucha del sujeto del Inconsciente permite percibir palabras inaudibles en el bullicio del día a día, pero que insisten a media voz, como el sentimiento de muchos individuos, jóvenes en especial, de estar fuera de juego, sin perspectivas de futuro, abandonados en un mundo sin referencias y con una desconfianza profunda hacia las figuras del establishment político.

Política y servicio de los bienes

“Político”, formado por tecné (ciencia/técnica), y polis (ciudad), es un predicado que, para los griegos antiguos, se aplicaba a “lo que concierne a los ciudadanos o al estado público”[1]. Como sustantivo femenino, ha adquirido entre otros, el sentido de “relativo a la organización y al ejercicio del poder temporal”, y luego a “la acción política”, mientras que el sustantivo neutro remite al “gobierno de las sociedades”[2]. De este modo, el rol de la política se entiende como el ordenamiento de la vida en común de sujetos sujetados a las mismas leyes, y de sus relaciones con otros pueblos, vecinos o lejanos. Reguladora de la vida colectiva de los seres hablantes singulares y plurales, con sus semejantes y con los extranjeros, la reflexión política favorece la conducción de proyectos socio-económicos y culturales en función de un modelo ideal de convivencia, e integra los saberes inconscientes que une a los miembros de un grupo y los deseos que les llevan a acordar sus actuares.

 

* Este texto fue publicado en el Ecuador Debate 104 (agosto 2018)

[1] Dictionnaire Grec Français A. Bailly.

[2] Le Robert, Dictionnaire historique de la langue française.

 

El Inconsciente en cuanto interfaz entre los discursos del entorno social y el psiquismo individual, se estructura a partir de las palabras de quien encarna al gran Otro, definiendo de este modo las condiciones de la subjetividad dentro de un modelo político específico. Concepto forjado por Lacan, el gran Otro, “tesoro de los significantes”, sirve de referencia común al grupo para que sus miembros puedan “acordarse ad symbolum y compartir el mismo signo de reconocimiento, o sea comunicar de manera humana” (Legendre, 2001: 16). Es el ‘código’ lingüístico y la matriz estructural de una sociocultura, el garante del pacto de la palabra y de los valores, leyes, saberes, y discursos, que sustentan a cada comunidad singular y aseguran la posibilidad de convivencia pacífica. Por medio de su aforismo: “el Inconsciente es el discurso del Otro”, Lacan sitúa el punto de inscripción del individuo en su sociocultura, donde se estructura el sujeto. Tiempo después, profundizará esta formulación al decir que: “el Inconsciente es la Política” (10/05/67); por lo que se puede deducir que existe una pasarela entre el discurso del Otro y la política, lo que deja  entender que cada sujeto está moldeado por la ideología de su grupo de pertenencia y por el lugar que le está asignado por el discurso político.

Para Aristóteles, la meta de la Política era el Bien Soberano y tenía como función legislar sobre lo que se puede hacer, o no. Pero, observa Lacan (22/06/1960), “la idea del Bien ha sido remplazada por la de los bienes materiales, por lo que la política en el mundo de ahora está a cargo del ‘servicio de los bienes’ y de la felicidad”, así como “de la satisfacción de las necesidades para todos los hombres”, lo que implica que “no podría haber satisfacción de ninguno sin la satisfacción de todos”. Vuelve sobre esta idea en la lección siguiente: “El servicio de los bienes tiene exigencias; el paso de la exigencia de felicidad hacia el plan político tiene consecuencias” y busca la “puesta en orden universal del servicio de los bienes” (29/06/1960); lo que sugiere una idea esencial de repartición y redistribución.

Releer estas frases 58 años más tarde, produce cierta amargura porque obliga a constatar el fracaso de las luchas sociales del siglo XX y lo irrisorio que es hablar de felicidad y satisfacción, en una época en la cual la mayoría de la gente del planeta está sufriendo grandes dificultades para asegurar su pan cotidiano mientras que en los países más desarrollados, los más acomodados solo piensan en preservar sus adquisiciones sociales, sin preocuparse por el mal vivir experimentado por los otros sectores de la población. Lo cierto es que los gobernantes ya no prometen la felicidad; en el mejor de los casos, intentan preservar los derechos de la clase media y en el peor, hablan de crecimiento económico y de acumulación de capital, como únicos medios para asegurar la sobrevivencia de los más desfavorecidos, bajo el lema: “Cuando los ricos comerán caviar, los pobres comerán pan”.

Los nuevos actores políticos del neoliberalismo

Como lo indica la palabra, el neoliberalismo apunta a la liberalización de la economía a favor de intereses privados, por medio de políticas que ahondan la escisión entre las metas macroeconómicas y las necesidades básicas de las personas. Con la consecuencia de que la producción de los bienes y los flujos monetarios, forman una esfera radicalmente desvinculada de la gente ordinaria, de sus vivencias y preocupaciones diarias. Se observa esta misma dicotomía en los conflictos que se tienden a localizar y desvincular de intereses económicos y geopolíticos, a pesar de que, como en Siria, no hay ninguna gran potencia que no esté involucrada, de una manera u otra. Y nadie recalca que este, como cualquier conflicto armado, es una fuente de réditos enormes para las mafias más prósperas, empezando con el tráfico de armas: las guerras matan a personas y destruyen a grupos, pero benefician, y ¡de qué manera!, a las transnacionales.

En los años sesenta, cuando Lacan escribía su seminario sobre la Ética, el eurocomunismo estaba ganando terreno en cuanto discurso y fuerza política reconocidos, con un peso importante en el tablero mundial. La situación actual ha cambiado drásticamente y la mayoría de los partidos de izquierda, o se han disuelto, o han dado un vuelco hacia el centro, o, en los escasos casos en que sobreviven, su objetivo es ofrecer mejorías socioeconómicas para los trabajadores, pero ya no luchan por la instauración de un nuevo orden político mundial, ni por cambios estructurales hacia una redistribución más justa de los bienes en el plano local, y menos aún en el internacional.

Las políticas de austeridad implementadas en varios países son respuestas típicas a imperativos neoliberales y sus objetivos macroeconómicos y de control bancario, por encima o en contra de cualquier otra meta que remitiese al  bienestar de los individuos. De allí la pregunta: ’austeridad’ ¿para quién? Lo cierto es que, los gobiernos de los países hegemónicos, ya no se dedican a buscar satisfacer a las necesidades de sus ciudadanos, sino que priorizan  los requerimientos de las  grandes empresas, otrora en algunos casos, pertenecientes al Estado, luego a capitales privados nacionales, ahora, en gran parte, extranjeros o transnacionales. La diferencia en la repartición de las riquezas nunca ha sido tan desmesurada, por lo que la noción de igualdad, médula de la proclamación de los Derechos Humanos, está socavada por las diferencias abismales en las condiciones de vida del mundo de hoy.

El individuo común ya no cuenta por sí mismo sino en cuanto trabajador potencial[3], que se usa y se desecha según criterios desvinculados de su condición humana. Cuando una empresa quiebra o deslocaliza una sucursal, no se preocupa por la suerte de sus antiguos empleados, ni por las vidas quebradas que para muchos significa la pérdida de trabajo; se limita a negociar, como en un juego de Monopolio, y el Estado arbitra entre las dos partes, la masa de los asalariados sometida a planes de reconversión y el grupo selecto de los propietarios e inversores que deciden, pero sin replantear la posesión de las riquezas producidas, ni preocuparse por el bienestar de la mano de obra.

[3] Y no hablamos aquí de los millones de excluidos del trabajo, verdaderos parias  del sistema.

 

Esta situación de disociación absoluta entre asalariados y poseedores, debería ser motivo para una verdadera ‘lucha de clase’, en el sentido marxista de la expresión, “una lucha organizada que la clase oprimida, alienada de los medios de producción, del poder político e incluso de la cultura, emprende contra la clase dominante” (Rocher, 1977); sin embargo, nada de esto se vislumbra en nuestros días.

Una característica del escenario económico actual ha sido la entrada de las empresas transnacionales como nuevos actores en el campo político, pero sin clara visibilidad; por lo que, el verdadero adversario y los responsables de las crisis, se han vuelto difíciles de identificar. El documental de M. Achbar y J. Abbott, Corporaciones. ¿Instituciones o psicópatas? (2003), aborda este tema de manera incisiva y muestra que, a pesar de ser entidades sin vínculos directos con algún individuo en particular, y en este sentido anónimas, han ido adquiriendo una personería jurídica que las vuelve equivalentes a cualquier humano y les permite jugar un papel preponderante en el plan de la economía y de la política, sin incurrir en las penas y los castigos de una persona real; por lo que, al no ser nadie en concreto, pueden tener conductas delictivas sin mayores implicaciones. Y, de hecho, el análisis de sus actuaciones y procedimientos comprueba la utilización de prácticas antisociales y amorales, equiparables a comportamientos psicópatas como lo explica Noam Chomsky; lo que no les impide jugar un papel determinante en las configuraciones de las políticas macroeconómicas. Más que simples actores, su empeño es refinar el funcionamiento del modelo neoliberal con la creación de condiciones sociales más favorables para su aplicación, y la promoción de discursos que moldean a las personas con el fin de que respondan positivamente a las exigencias del sistema.

Lógica y estrategias neoliberales

La principal herramienta del capitalismo es el consumo masivo, con una maximización de la plusvalía, ya no solo en beneficio de los poseedores de los medios de producción, sino de los inversores anónimos, con una lógica que se apoya en la globalización del mercado. Esta lógica es doble: transformar a cualquier objeto en mercancía, por un lado, y por el otro, fomentar una conducta basada en el sobreconsumo de bienes innecesarios, con la multiplicación exponencial de compradores, que van desde los millones que gastan en cosas ínfimas, hasta los privilegiados que nutren el mercado de gran lujo.

Las estrategias políticas neoliberales para modificar y adaptar la sociocultura a estos fines se plasman en tres metas programáticas: desregulación, desestructuración y desimbolización. La primera, apunta a la eliminación de leyes y normas que traban la  capacidad de enriquecimiento de los grupos empresariales y financieros al obstaculizar la libre circulación de mercancías y capitales. En las sociedades tradicionales, el intercambio y la reciprocidad aseguraban el servicio de los bienes a favor de los miembros de la comunidad, ahora los inversionistas y los dueños de grandes capitales y GEO de las multinacionales, es decir los verdaderos amos de la economía, deciden las reglas del juego para su propio beneficio, con el dinero como único árbitro, fuera de todo criterio moral.

El orden mundial actual, al acomodar las leyes en beneficio de una mayor privatización, desestructura el texto sociocultural. Hasta hace poco, la organización de un grupo humano se basaba en el ordenamiento del lazo social, con una amplia red de interrelaciones fundadas en el intercambio de palabras y objetos, y con acuerdos y compromisos en lugar de guerras, y con un sistema de parentesco que regía la filiación y las alianzas. Empero, desde los comienzos del capitalismo, la familia tradicional implosionó por la necesidad de integrar a las mujeres al mundo laboral, un fenómeno que se acentúa en la actualidad con el desmantelamiento de los vínculos familiares, sustituidos por relaciones de género y nuevas formas de procreación fuera del acto sexual. A su vez, esta erosión paulatina de las estructuras elementales de la sociocultura lleva a un proceso imparable de desimbolización y pérdida de las referencias éticas del pasado, acompañado por una sobredimensión imaginaria de la realidad. Reducción del significante al signo y del ícono a una mera figuración, se elimina paulatinamente la dimensión axiológica y trascendental del mundo, para reducirla a valores monetarios insípidos, aunque altamente codiciados.

Por ende, la entrada del capital privado como actor poderoso en el escenario político, aunque apartado del bienestar colectivo, está haciendo tambalear el montaje dogmático que sustentaba cada sociocultura en su singularidad, modifica tanto sus principios fundadores como las subjetividades, y pone en peligro las posibilidades de convivialidad, en la medida que anula la dialéctica entre alianzas pacíficas y enfrentamientos belicosos, por la imposición de un modelo económico basado en la predominancia de intereses particulares y transnacionales sobre el Bien de la comunidad, con la consecuencia de un cambio de fisionomía del gran Otro que se expresa en una forma discursiva inédita.[4]

Descifrar la voz de la doctrina neoliberal a través de lo que se puede llamar el ‘discurso posmoderno’, permite poner de relieve sus aristas ideológicas. Al origen, el vocablo ‘posmoderno’ se refería al campo del arte; como lo explica el filósofo francés, J.-F. Lyotard en “La condición posmoderna: Informe sobre el saber” (1979):

[4] Lacan consideraba al discurso capitalista como una desestructuración de la discursividad del mundo moderno.

 

“El artista y el escritor [posmodernos] trabajan sin reglas y con el fin de establecer las reglas de lo que se ha hecho; por lo que no están gobernados por reglas preestablecidas y no pueden ser juzgados […] por la aplicación de categorías conocidas”.

Creación de reglas propias, rechazo de las estructuras narrativas tradicionales y del montaje dogmático sociocultural y, por último, eliminación de las referencias a valores simbólicos, basados en las diferencias y separaciones entre sexos y generaciones. Los discursos del gran Otro posmoderno, despliegan la lógica neoliberal con la promoción de una ‘liberalización’ generalizada de la sociedad, mucho más allá del campo del arte.  Ha trastocado la cosmovisión actual y transformado la subjetividad con la idea de que uno puede decidirlo todo y crearse una realidad al gusto, con la conversión de lo que sea en mercancía consumible sin traba, el sexo y el cuerpo, las experiencias, la salud, los conocimientos. Es “el arte del vendedor” como lo comenta Lacan:

“Arte de la oferta, con su propósito de crear la demanda. Hay que hacer desear a alguien un objeto del cual no tiene ninguna necesidad, para incitarle a demandarlo (reclamarlo). […] Es por el deseo del Otro que un objeto está presente, cuando se trata de […] comprarlo.” (21/06/1967)

De este modo, el discurso posmoderno ha subvertido al ser humano que se ha colocado sin saberlo en esclavo voluntario del mercado. Con una publicidad muy intrusiva y a menudo arrogante como principal herramienta, deslumbra a hombres y mujeres con el despliegue de imaginarios de goce ‘sin límite’ y de deseos insaciables, nutridos por la ilusión de poder comprar al ‘objeto de la felicidad eterna’. Hay que añadir que, desde hace unos veinte años, el aparato publicitario ha encontrado en Internet un aliado estratégico colosal, capaz de interferir con sus múltiples tentáculos en los hábitos más cotidianos del ser humano y redibujar la trama sociocultural a través de redes virtuales que escapan por completo al control del sujeto. A propósito de la revolución numérica, escribe B. Stiegler:

“El concepto de gobernabilidad algorítmica […] reposa sobre una instrumentalización y un entrecruzamiento físico sistemático de las relaciones interindividuales y transindividuales – puestos al servicio de lo que se llama hoy día la data economy, basada en el cálculo intensivo sobre datos masivos, o big data”. (2016, p.22)

El análisis computarizado de esta masa de información permite digitalizar y transformar en algoritmos los patrones de conducta, las interacciones y las tendencias en el comportamiento de enormes cantidades de gente, y así manejar las fantasías de los clientes virtuales por medio de una publicidad bien focalizada para crear y manipular compulsiones compradoras. De este modo, la data economy posibilita la implementación de un modelo funcionando a la perfección, en cuanto parece contentar a todos, a los sujetos sujetados a los ofrecimientos de objetos de toda índole, para satisfacer a sus deseos formateados ad hoc, y al sistema económico con la acumulación de ganancias gigantescas en manos privadas. En este sentido, la política macroeconómica está cumpliendo a cabalidad su meta de un “servicio de los bienes” reservado a unos pocos, mientras que los demás encuentran su ‘felicidad’ en un consumo desenfrenado de los miles de productos y fármacos del mercado, con la esperanza de dar realidad a sus fantasmas más extravagantes, modificar su cuerpo al gusto y mimarlo sin descanso con el sueño de una juventud eterna.

Todo parece lo mejor en el mejor de los mundos. Fin de la historia y victoria glamorosa del capitalismo, tal como  lo sugería F. Fukuyama en los años 90, al adaptar el concepto hegeliano de fin de la historia de las ideas al alcanzar la consciencia absoluta. ¿Quién se permitiría cuestionar esta situación maravillosa, donde cada uno encuentra sus esfuerzos recompensados por una infinitud de artefactos para colmar sus aspiraciones más locas?

Para entender el proceso que conduce a la servidumbre voluntaria del sujeto bajo el mandato del ‘Divino Mercado’[5], hay que recurrir de nuevo al concepto de gran Otro, vestido en nuestros días de oropeles cibernéticos. Encarnado por la madre en los albores de la vida infantil, es el guardián de la transmisión generacional y tiene un rol primordial en el desarrollo psíquico del niño. “Es del imaginario de la madre, dice Lacan, que dependerá la estructuración subjetiva del niño” (16/ 11/1966). El Inconsciente del infante se alimenta con las palabras con las cuales ella le habla, y se moldea según los preceptos de su sociocultura por lo que, en la medida que “el deseo del hombre es el deseo del Otro” (Lacan, 21/6/1967), su deseo de sujeto en formación responderá a las demandas de su madre. Es también ella quien, en condiciones normales, designará a un padre para sustituirla en el lugar del gran Otro y así representar al ideal social, luego remplazado por figuras de autoridad más abstractas, tótem, jefe, Dios, y hoy día, el ‘Espíritu del Mercado’.

Malestar en la nueva economía psíquica

Desgraciadamente, el discurso del Otro posmoderno, al derribar el texto de la tradición, está dificultando el proceso de subjetivación del niño, atrapado en una esquizofrenia existencial. Víctima de la mercantilización generalizada y transformado él mismo, en un objeto de consumo promovido por el ‘derecho al hijo’, se vuelve un bien que se puede comprar al igual que cualquier otro, por lo que peligra su accesión a un deseo propio; una situación agravada por el declive del Nombre-del-Padre que le priva de una identificación esencial para su construcción psíquica y por la desorientación consecuente que acentúa su dependencia a su madre y por ende al todopoderoso Espíritu del Mercado.

[5] La expresión ‘divino mercado’, la retomamos al libro de D.-R. Dufour, Le divin marché: la révolution culturelle libérale (1912).

 

De hecho, la actualidad devela un creciente malestar motivado por razones psíquicas tanto como societales. Al nivel colectivo, se multiplican las protestas contra los “programas de ajuste, las deslocalizaciones, la reforma al sistema de pensiones, los despidos masivos, y la progresiva reorganización del trabajo como efecto de la robotización; las conductas delincuenciales y antisociales ligadas a las mafias internacionales se multiplican. En el plan individual, las adicciones de todo tipo aumentan de manera vertiginosa y otros malestares subjetivos, más solapados, se vuelven epidemias, con cifras alarmantes de depresiones, burn out y otras expresiones de dolor existencial. Además, se diagnostican cada vez más trastornos llamados bipolares, síndromes autísticos, hiperactividad y déficits de todo tipo. Y en el campo de las perversiones, basta mencionar los problemas de pedofilia y las redes de pornografía infantil en línea para darse cuenta de la amplitud del fenómeno.

Este panorama desolador no es casualidad en cuanto la ‘pérdida de brújula’, y el enloquecimiento del sujeto es el resultado previsible de la desestructuración del tejido sociocultural, con la consecuente desposesión de su capacidad personal para decidir sobre su vida real y con la doble alienación de su ser de deseo. Reducido a una mera ficha en el plan macroeconómico, ha perdido sus referencias simbólicas que le permitían ocupar un lugar singular, como persona responsable y reconocida en el seno de su comunidad. Con la dilución de la referencia a un Padre que asuma la representación de una Autoridad legítima, aunque sea para ser interpelada, y, con el derrumbe de las identificaciones familiares de la estructura edípica, caídas bajo el desmentido y la forclusión, surgen imaginarios de masa, nacionalismos e integrismos, con discursos racistas y sectarismos religiosos, y otras modalidades de aglutinamiento y segregación.

Además, al borrarse la figura del gran Otro de la escena cotidiana, se conflictúan las relaciones con los semejantes y se precariza la subjetividad, invadida por aspiraciones delirantes, cuyas manifestaciones sintomáticas se plasman en sueños de autocreación y de cambio de imagen corporal, con la supuesta posibilidad de modificar al gusto  género e identidad sexual, denegando de este modo la castración simbólica, que recuerda demasiado la falta de completitud existencial del ser humano. Este fenómeno está amplificado por la desimbolización concomitante que conduce a una reducción de los ideales a un patrón de medida exclusivamente monetario, con una represión de los valores éticos y un retorno de lo reprimido bajo formas superficiales, aunque no menos absolutistas, de fidelidades a grandes marcas y sus propietarios[6], o a personajes mediáticos de la farándula, del deporte u otros, invitados a ocupar el lugar de autoridad moral en la dirección política de muchos países. Esta situación de incertidumbre psíquica se agrava por la vacilación de las estructuras espacio-temporales, bajo los efectos de la disrupción numérica que infiltra el registro simbólico y afecta la posibilidad de pensarse del sujeto

“Imponiéndose como desajuste permanente, […] instalando una insostenible ausencia de época que es forzosamente una ausencia de razones para vivir, ruinando así los procesos de individuación psíquicos tanto como colectivos, la disrupción radicaliza el derrocamiento de todos los valores, que es el nihilismo[7]”  (Stiegler, 2016: 71).

De allí el desamparo de un sujeto sin horizontes, abrumado por miles de objetos rutilantes pero que, tarde o temprano, le dejan en la nada, abandonado y desprotegido, hundido en el anonimato de lo virtual y en un vacío existencial, en un estado de pasividad y dependencia, sin poder ubicarse a sí mismo como sujeto del deseo, sujeto de de/sideración’,  o sea sin poder ‘dejar de contemplar’ al infinito /apeiron/”, para dar paso al impulso a la acción. En este contexto de cambios instantáneos, con la deslegitimación del pacto de la palabra y la ausencia de una moral, la elaboración de planes a futuro se dificulta, y desaparecen las expectativas, metas y ensoñaciones que permitían al ser humano encontrar sentido a su deseo y proyectarse en un escenario fantasmático de vida plena. La toxicomanía ilustra los impases de este sujeto de la posmodernidad, abocado a agarrarse de un objeto real para evitar un vagabundeo infinito y trágico.

Con el pharmakon, precisa Ch. Melman, hay un objeto susceptible de curar […] nuestra insatisfacción tanto respecto al mundo como a nosotros mismos, [que es también] un veneno… La droga [es este] medicamento absoluto que cura todos los males […] y a la vez nos alivia de la existencia (2002: 73).

Para M. Steinmetz (1995), “el toxicómano realiza a su manera el término de la ambición capitalista: promover al objeto de un goce siempre por renovar y sin límite”; una ambición para una sociedad de consumo que “sería producir un objeto manufacturado ideal, que cada uno necesitaría, necesitaría eternamente”:

(Los toxicómanos) realizan este ideal al encontrar en lo Real un objeto de fantasma que para los otros queda simbólico: porque el objeto absoluto, el producto milagro, lo han encontrado y gozan de él con una veneración total y tiránica, excluyendo de su vida todo lo que es externo a la droga.

***

Comportamiento emblemático en un mundo sometido a los desideratas del neoliberalismo, la adicción formatea al sujeto ideal, colmado y pasivo, en una sociedad numérica que proclama el advenimiento de una nueva era, librada de la muerte y del dolor gracias a las neurociencias, a la robotización y a la inteligencia artificial. Pero, el sufrimiento engendrado por la alienación que acompaña este escenario de felicidad desbordante demuestra que la misma idea de transhumanidad es una mistificación y una ilusión absurda. Jamás la especie homo podrá vencer las fuerzas cósmicas, verdaderas dueñas del mundo. Inundaciones arrasadoras e incendios descontrolados, movimientos telúricos impredecibles y erupciones volcánicas aterradoras, demuestran que el superhombre de mañana no dejará de ser infinitamente pequeño frente a la Pachamama.

[7] Entendemos al concepto de nihilismo de Stiegler como equivalente al de desimbolización.

 

Empero, una constante en la historia de la humanidad ha sido su capacidad para desmontar las ideologías y reaccionar contra su esclavización por dogmatismos y engaños. Reanudar con el deseo, el saber y la acción, como manera para retomar las riendas de su vida. En este sentido, la conciencia ecológica y el retorno a modos de vida acordes al diálogo entre lo real de la naturaleza y lo simbólico de la cultura, mediado por un imaginario de un Buen Vivir, opuesto al afán consumidor, abren el camino a una humanidad renovada, capaz de detener la vorágine neoliberal, aunque implique aceptar su finitud como contraparte a su creatividad. Así, nos lo recuerda la sabiduría de un Lévi-Strauss:

“Entre el ser y el no ser no toca al hombre elegir. Un esfuerzo mental consustancial a su historia, y que no cesará sino con su desaparición del escenario del universo, le impone asumir las dos evidencias contradictorias cuyo encuentro echa a andar a su pensamiento […]: realidad del ser, que el hombre experimenta en lo más profundo de sí como única capaz de dar razón y sentido a sus gestos cotidianos, a su vida moral y sentimental, a sus elecciones políticas y a su inserción en el mundo social  y natural, a sus empresas prácticas y a sus conquistas científicas; pero al mismo tiempo, realidad del no ser cuya intuición acompaña indisolublemente a la otra, puesto que incumbe al hombre vivir y luchar, pensar y creer, conservar valor sobre todo, sin que jamás lo abandone la certidumbre adversa de que otrora no estaba presente sobre la tierra y de que no lo estará siempre, y de que con su desaparición ineluctable de la superficie de un planeta destinado también a la muerte sus labores, sus penas, sus gozos, sus esperanzas y sus obras se volverán como si no hubiesen existido.” (1976: 627-628).

 

BIBLIOGRAFÍA

Lyotard J.-F.

(1979), La condición posmoderna: Informe sobre el saber. Les éditions de minuit, Paris.

Lacan, J.

(1959-1960), Seminario VII, La ética del psicoanálisis.

Lacan, J.

(1966 – 1967), Seminario XIV, La lógica del fantasma. 

Legendre, P.

(2001), De la Société comme Texte. Linéaments d’une anthropologie dogmatique, Fayard, Paris.

Lévi-Strauss, Cl.

(1976), El hombre desnudo, Mitológicas IV, Siglo XXI, México.

Melman Ch.

(2002), El hombre sin gravedad. Gozar a cualquier precio.  Universidad Nac. Rosario, Rosario.

 

Rocher, G.

(1977), Introducción a la sociología general, Editorial Herder, Barcelona.

 

Steinmetz, M.

(1995), “L’idéal social et ses contre-addictions”, Le journal français de psychiatrie no2, Janvier, février, mars 1995 : 4-5.

 

Stiegler, B.

(2016), Dans la disruption, comment ne pas devenir fou ? Ed. LLL, Paris.

 

Las citas retomadas de los seminarios Lacan están acompañadas con la fecha de la lección correspondiente.




[1] Dictionnaire Grec Français A. Bailly.

[2] Le Robert, Dictionnaire historique de la langue française.

[3] Y no hablamos aquí de los millones de excluidos del trabajo, verdaderos parias  del sistema.

[4] Lacan consideraba al discurso capitalista como una desestructuración de la discursividad del mundo moderno.

[5] La expresión ‘divino mercado’, la retomamos al libro de D.-R. Dufour, Le divin marché: la révolution culturelle libérale (1912).

[6] Como Apple y Mark Zuckerberg.

[7] Entendemos al concepto de nihilismo de Stiegler como equivalente al de desimbolización.